Andalucía

Se han celebrado estros días los actos del aniversario del fusilamiento del líder andalucista Blas Infante. Algunos, como el dirigente de IU Diego Valderas, han echado de menos las invocaciones a la “realidad nacional” andaluza una vez aprobado el Estatuto de autonomía. Otros, como el presidente Chaves, pasaron de puntillas sobre el asunto.

En realidad, la posibilidad de un desarrollo amplio del nacionalismo andaluz ha venido siempre lastrado por la histórica situación de explotación a que unas minorías aristocráticas han sometido a gran arte de su población.

El caciquismo, la situación de semiesclavitud sufrida históricamente por amplias capas de andaluces y una sobreexplotación apoyada en métodos autoritarios y violentos, hicieron prioritarias las reivindicaciones sociales y convirtieron en minoritario el sentimiento nacionalista.

Este esquema podría explicar, al menos en parte, la situación embrionaria del nacionalismo andaluz, sobre todo, en comparación con otros como el catalán o el vasco. La ausencia de lengua propia está también en el origen de este hecho.

En cualquier caso, las cosas están cambiando en los dos ámbitos. Andalucía ha experimentado un cierto desarrollo económico que ha introducido variantes en el esquema tradicional del caciquismo agrario como modelo economico.

Y en el otro ámbito, en el de las ideas nacionalistas, esos cambios han propiciado también un cierto avance del nacionalismo andaluz que, sin embargo, sigue siendo todavía un espacio minoritario en los espacios culturales, políticos y sociales.

Lo que parece claro es que es difícilmente comprensible un nacionalismo andaluz que no vaya unido a la reivindicación social, porque, pese a todo, muchas zonas de Andalucía siguen todavía bajo el dominio de modelos socioeconómicos arcaicos.

En la misma línea, y por las mismas razones, parece descartable que pueda adquirir en el futuro un protagonismo importante un nacionalismo andaluz ligado a ideologías de centro derecha, tipo PNV en Euskadi o CiU en Catalunya.

Eso no debería entenderse en el sentido de que el PSOE podría propiciar cualquier dinámica nacionalista andaluza, dado que este partido aparece ligado en Andalucía a intereses económicos y sociales que no son precisamente populares, sino todo lo contrario.

Andalucía será en el futuro, lógicamente, lo que decidan los andaluces. Pero parece que cualquier alternativa nacionalista sólo tiene futuro si va íntimamente ligada a un planteamiento de reivindicación social que pueda oponerse a los amplios restos de caciquismo que aún subsisten. Y el nuevo Estatuto no es un instrumento útil para este objetivo.

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